Bajo las escaleras pensando lo genial que han sido estos cuatro días. Saludo al conserje como todas las mañana. Salgo por la puerta trasera, me iba colocando los audifonos cuando -de la nada- siento a Sonia contemplándome. Doy media vuelta, y veo como sus ojos de animal abandonado están clavados en mi. No decía nada -no puede- pero su mirada me hablaba, me contó un historia fabulosa, y de pasada, hasta me cantó.
Luego de un rato llegó su dueño -o el que creo que es su dueño- y ella, muy campante, levantó su obeso cuerpo y le siguió.
El punto, es que, creo que me parezco a Sonia, el conflicto está en que yo no tengo dueño.
